Yo queria vestirme de dama antigua alguna vez y al fin llegaba la ocasión:un 25 de mayo.De colores claros el vestido que mi madrehabia bordado, me acuerdo, y sin miriñaque, con apenas una fragil estructura de alambre que lo alzaba incómoda pero elegantemente.Y lo lucía con orgullo, como si ese miriñaque fuera yo mejorada,aliviada por un rato de ser yo para volverme una mujer de antaño, una feliz mujer de los lluviosos dias de la Revolución. Al probármelo, durante su confección, brotaba en mí una enorme alegría, una emoción que fue más grande todavía aquella tarde en que atravesé el patio del colegio con mi vestido puesto.Caminé delante de todos intentando un equilibrio que no pusiera en riesgo la erguida peineta que sostenía mis cabellos y los miraba mirarme agitar mi abanico, consciente de mis labios pintados por primera vez y de la sombra celeste sobre mis párpados. Entonces me detuve y orientada hacia el público alcé mi voz para decir el parlamento.No recuerdo que dije, no recuerdo siquiera si había otro alumno armando conmigo aquella escena, pero no olvido haber pronunciado la palabra \"atavío\", de la que , en aquel momento, aprendí el significado. Un atavío era un atuendo, supe entonces, como el que yo llevaba. Agrego hoy:de mucho más que de dama antigua me vestí para esa fiesta.Fue ponerme, a la vez, mi soñado \"atavío\" de azafata. Porque también fue viajar a un lugar propio y a un pasado remotode la memoria común que recreaban las láminas de la escuela y las figuritas de papel satinado; fue arribar una tarde precisa (y preciosa) a un empedrado, abrirme paso entre todos los paraguas, escuchar el cantar de la mazamorrera. Pero también era algo más: corría 1976 y mientras nosotros, dentro de aquella escuela, celebrábamos una revolución otra se silenciaba afuera. Ese día, en ese acto y encarnando aquel espíritu festivo, también estaba vestida de revolucionaria. Y yo, que no tenía cumplidos ni seis años,aún no lo sabía. Revolución: esa palabra vaciada de sentido por el ejercicio mecánico de la enseñanza en algún lugar seguía estando viva, desatando cadenas y coronando de gloria a quienes la lleveban adelante. Cada vez que se cantaba el himno yo veía la imagen del leon rendido y los laureles eternos de la independencia agitarse en el aire. Pasaron casi treinta y cinco años. El próximo 25 de mayo habrá quién se vista de dama antigua, salga a pronunciar un parlamento teatral y descubra, quizás, el significado de un vocablo español, de su mutante lengua natal, que no olvidará nunca. Habrán transcurrido entonces dos siglos y podrán ser más, no importa cuántos. Cuando una estrella se enciende su luz la sobrevive y perdura en el cielo por un tiempo semejanta al infinito.